Un secreto enterrado en suelo mexicano

Este es el relato con el que participé en el Concurso de Historias del Día de los Muertos de Zenda e Iberdrola y que resultó uno de los 20 finalistas que optaron al premio entre los más de 500 relatos presentados. Espero que os guste tanto como al jurado 😉

El día de los muertos comenzó como otro cualquiera: con todos los usuarios levantándose a las siete en punto. Para la medianoche el geriátrico habría perdido a dos de ellos, y la historia de odio que durante toda una vida los había perseguido, se vería transformada por un secreto que se creía enterrado en una hermosa hacienda en México.

Todos conocíamos la historia oficial. La historia que la propia Pilar conocía. La historia que el mundo conocía y creía cierta de principio a fin. Pilar e Ignacio eran dos hermanos gallegos que se encontraron de la noche a la mañana viviendo en el DF, producto de una situación que forzaba a miles de familias a la emigración. Héctor era un joven del lugar con un antepasado español tan remoto que no estaba seguro ya de que existiera. Él fue su ancla en la ciudad. La persona que los integró. La persona que los enraizó. La persona con la que crecieron y maduraron, con la que sufrieron y se divirtieron, y decidieron que querían dedicar su vida al arte. Era la década de los cincuenta y sus carreras despegaron lentamente, mientras en la casa de unos y en la hacienda del otro vivían la bohemia y creaban los lienzos y las esculturas que malamente vendían para poder organizar la siguiente fiesta.

Eran el vivo retrato del artista del Romanticismo, y como a tales les alcanzó la tragedia. Pero a menudo las leyendas se alimentan de su propio drama y por eso, en aquel día de los muertos, sesenta años después de que todo ocurriera, las imágenes de la celebración al otro lado del charco mostraban a miles de admiradores de la obra del pintor cubriendo su tumba y el resto del jardín de la casa de Héctor con la flor de cempasúchil y la calavera. Mientras tanto, este expiraba su último aliento bajo la atenta mirada del médico y de Pilar, quien por primera vez en los años que habían compartido bajo aquel techo, había entrado en su habitación y le había cogido de la mano. Aquella mano en la que faltaban tres dedos. Dedos que ella misma le había amputado, llena de ira, llena de cólera, seis décadas atrás, cuando Héctor apretó el gatillo que terminó con la vida de Ignacio, en una especie de juego macabro, de ruleta rusa, de duelo mexicano, al que ella llegó tarde blandiendo la tijera con la que el jardinero podaba los setos.

Ocurrió durante una de aquellas fiestas y el suceso los catapultó a la fama. Muchos testigos aseguraron que no se trató de un asesinato, pero ni eso, ni que Héctor prestase su jardín para levantar el mausoleo de Ignacio, lo salvó de pasar unos años en la cárcel. Pilar regresó a España y sus vidas no volvieron a cruzarse hasta que, ya llegada la senectud, ambos se encontraron aquí. ¿Destino? Eso pensaban muchos, pero no era casualidad. Él había ido a redimirse. Tarde pero a tiempo. Por eso tras su muerte le entregué a Pilar la llave que abría el pequeño cofre de madera que tenía sobre el escritorio.

En el brillo de sus ojos supe que ella lo reconocía y no me cupo duda de que esa caja provenía del país azteca. Su interior guardaba solo una carta y la carta la confesión de su hermano de la enfermedad mortal que lo aquejaba y la pantomima que él y Héctor habían preparado para que su muerte transcendiese y le diese fama. “No quiero esperar a consumirme, prefiero dejar este mundo en medio de un revuelo.”

Pilar permaneció todo el día sentada en una butaca de la sala común, con el papel entre los dedos, rumiando la culpa y la pena y la soledad y el tiempo que había perdido alejada del gran amigo que había cambiado su juventud por la gloria de su hermano.

El día de los muertos, mientras todo México festejaba y recordaba a su gran pintor, que tan trágicamente había terminado sus días, otros dos artistas menos reconocidos cerraban sus ojos en nuestro centro. Y tras leer la carta, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas, decidí arrojarla al fuego.

Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.

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