Un sueño escrito en los márgenes de los libros

Este es el relato con el que participé en el concurso #PalabrasAlViento convocado por ZendaLibros e Iberdrola, una historia sobre los sacrificios que las personas pueden llegar a hacer por alcanzar sus sueños:

 

Su corazón se estremeció cuando recibió la llamada desde San Petersburgo. La rapidez y la intensidad de los latidos junto al extremo calor de aquella tarde de julio y las imágenes del tercer aniversario del accidente aéreo que retransmitía el telediario, hicieron que se marease y que se viese obligada a sentarse.

            Aunque apagó el televisor y aunque dominaba el ruso, le costaba seguir el hilo de la conversación más importante de su vida. Notaba la mente abotargada y todas las frases que tantas veces había ensayado -y que guardaba celosamente en el compartimento cerebral de los sueños por alcanzar- se escurrían por entre los labios, quedando reducidas a simples tópicos repletos de faltas gramaticales.

            Se había preparado desde pequeña para aquello. El ballet era su vida, pero también su medio de transporte a una Leningrado de la que su abuelo había tenido que huir y a la que su madre había renunciado. Ahora, con veintiún años, tenía el destino en la palma de su sudorosa mano, y tras colgar el teléfono lo arrojó contra la chimenea, se dejó caer desde el sofá y rompió a llorar.

        Estaba hecho. El puesto era suyo. Todo el trabajo y el sacrificio realizados escrupulosamente año tras año la habían llevado exactamente al punto en el que quería estar. Bailando con las estrellas. Danzando con los prodigios. Pero no era completamente feliz.

            Tres años antes, en su inmutable camino hacia el éxito, había encontrado una puerta, un desvío, una ruta alternativa más larga que la obligaba a dar rodeos y, en ocasiones, incluso a volver sobre sus pasos, pero con una superficie mucho más lisa y regular, que le permitía disfrutar más del recorrido y curaba las heridas de sus pies cuando sus zapatillas de ballet no la protegían adecuadamente de las piedras del sendero. Daba la casualidad de que el desvío tenía nombre y apellido rusos y estaba, además, familiarizado con las artes escénicas. Tocaba uno de esos instrumentos de viento metal que cargaba en su estuche allá a donde iba y con el que la deleitaba por las noches con conciertos particulares en los que ella era, a la vez, público y bailarina.

            Fue el miedo lo que la llevó a renunciar. El miedo a apartarse de la senda que la llevaría al lugar tantas veces señalado con el dedo sobre un mapa, sobre un globo terráqueo; tantas veces escrito en los márgenes de los libros en alfabeto cirílico.

            Fue el miedo el que le hizo rechazar el anillo y pronunciar excusas en las que en realidad no creía, como que los tiempos habían cambiado, que se sentía más española que rusa como para casarse tan joven y un etcétera del que ya no se acordaba, pero que sabía que había dicho.

            Y fue el miedo quien le impidió acudir al aeropuerto a despedirse y a devolverle el trombón que, tras la discusión, había dejado en su piso, apoyado junto a la chimenea. Sus ojos barrieron el salón y se posaron junto a la funda negra. El teléfono había caído al lado, pero no lo había rozado.

            Durante los últimos tres años no se había sentido capaz de cambiarlo de sitio, ni siquiera de tocarlo, como si al hacerlo pudiese desintegrarlo y con él perder los recuerdos de su dueño. Había aumentado drásticamente las exigencias de sus rutinas, se había afanado por extenuar su cuerpo y su mente durante todo el día para caer rendida nada más acostarse en la cama, decidida a no tener un momento para rememorar las espantosas imágenes del avión estrellado con las que los medios de comunicación la habían torturado durante días, repitiendo incesantemente que no había supervivientes.

            El corazón le latía desbocado. Las manos le sudaban. Qué curioso que aquella llamada hubiese llegado precisamente durante el tercer aniversario. Secándose las lágrimas, se levantó del suelo, se acercó a la chimenea y, por primera vez, abrió el estuche. Ambos habían sido feroces seguidores de sus pasiones, por eso se habían enamorado. Era hora de devolver el trombón a su tierra añorada.

Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.

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