La mala gestión del tiempo o cómo sobresaturarnos innecesariamente

“El empequeñecimiento, la capacidad de sufrir, la inquietud, la prisa, la confusión, crecen sin cesar; porque la actualidad de todo este impulso, la llamada “civilización”, es cada vez más fácil y el individuo enfrentado a esta maquinaria monstruosa se desalienta y somete.”

(Nietzsche).

 

Esta frase del filósofo alemán me hizo pensar, la primera vez que la leí, en el caótico ritmo desenfrenado en el que vivimos, sobre todo los urbanitas, siempre con prisas, de casa al trabajo y del trabajo a casa, pasando por infinidad de tareas y recados pendientes como la compra, el gimnasio o el colegio de los niños. Vidas tan “llenas” y ocupadas, con jornadas laborales tan inverosímiles y mal planteadas, que concertar una cita con el dentista se vuelve misión imposible que tenemos que aplazar para el sábado, y las reuniones con los amigos si eso una vez cada tres meses, media hora en el bar de la esquina, entre devolver un libro a la biblioteca y llevar el coche al taller, que tengo un hueco.

La cosa se complica cuando llegan los hijos, que al sinfín de tareas que teníamos pendientes hay que añadir pediatras, parques y guarderías, y la agenda parece que va a explotar con listados de cosas que tenemos –o queremos- hacer.

reloj

Toulouse (Francia)

Lo irónico es que cuanto más evoluciona la sociedad y nos ofrece alternativas que parecen simplificarnos la vida (como electrodomésticos que nos permiten lavar la ropa en una hora en nuestra cocina, en vez de bajar al río en pleno invierno y pasar toda la mañana; o trenes que nos permiten desplazarnos a velocidades impensables hace veinte años) menos tiempo parecemos tener. ¿Cómo es esto posible? Si ahora puedo obtener casi cualquier información desde cualquier lugar, de manera inmediata, con un dispositivo electrónico y una conexión a Internet, ahorrándome el viaje a la biblioteca y la tediosa búsqueda entre tomos y tomos de libros, ¿cómo es que no dispongo de más tiempo libre? Pues porque lo hemos llenado con otras tareas que antes no existían. Creamos responsabilidades. Simplificamos por un lado y rellenamos por el otro, de manera que seguimos estando igual de saturados o incluso más que al principio. Hace diez años, cuando mirábamos el teléfono móvil sólo había que comprobar si teníamos una llamada o un sms. Ahora la cantidad de apps existentes es ilimitada, y el tiempo que podemos llegar a perder también. Esto, por poner un ejemplo diario.

La consecuencia más obvia de este ritmo desenfrenado en el que vivimos es la aparición del estrés, que en ocasiones se convierte en un problema crónico que, lejos de ayudarnos a solventar una dificultad puntual, termina por afectar a nuestra salud y a nuestro equilibrio psíquico. Caemos en trampas que nosotros mismos creamos, y es que, cuanto más rápido conseguimos que funcione una cosa (por ejemplo, la conexión a Internet) menos toleramos que vaya lenta o “se cuelgue” y más nos frustra y estresa que no funcione correctamente. Queremos resolverlo todo al momento, aplicamos la multitarea constantemente y, en muchas ocasiones, nos perdemos la plácida sensación de disfrutar de cada instante, olvidando que éste no se volverá a repetir jamás. Predicamos sobre el aquí y ahora, leemos consejos a toda prisa en un libro que hemos comprado por correo pero no nos paramos a ponerlos en práctica porque llevan tiempo. Y eso es algo que no tenemos y que, si tenemos, no queremos gastar.

Quizás estemos planteando mal el concepto del tiempo y el uso que hacemos de él. Quizás tenemos que reducir las tareas diarias a las que dedicamos nuestras energías, reducir nuestras metas, tener paciencia y aprender a aplazar. Esperar a conseguir un objetivo antes de pasar al siguiente en lugar de atosigarnos con tantos planes que en el afán por abarcarlos todos no disfrutamos de ninguno. Quizás tengamos que dejar de correr y empezar a pasear aunque eso implique perderse algo o no llegar a tiempo a algún sitio. Quizás tengamos que dejar de leer consejos para triunfar en los que se nos insta a levantarnos a las cinco de la mañana y acostarnos a las doce de la noche, a no parar, a no descansar, a no respirar profundamente; en los que incluso el tiempo para la relajación viene pautado y cronometrado como si de un entrenamiento militar se tratase. Quizás tengamos que olvidarnos un poco del mundo y acordarnos un poco más de nosotros; volver al origen, a la esencia. Al día a día. A lo que de verdad importa. A lo que va a quedar cuando cerremos los ojos y nos vayamos a dormir.

Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.