¿De qué hablamos cuando hablamos de estereotipos de género?

Atendiendo a la definición de estereotipos, los estereotipos de género pueden definirse como aquellos que definen a las personas en función de su sexo, atribuyéndoles características diferentes según sean hombres o mujeres, sin tener en cuenta las diferencias individuales.

Los estereotipos de género destacan a los hombres como personas racionales, fuertes, dominantes, independientes y orientadas hacia el trabajo, mientras que las mujeres son consideradas débiles, pasivas, sentimentales, afectuosas, dependientes y orientadas a la gente. Las percepciones sobre estos dos grupos coinciden en diversas culturas alrededor del mundo pero no en todas, lo que pone de relieve su caracter social. Los estereotipos son construidos y aceptados por los miembros de una sociedad, por eso existen diferencias culturales e históricas en lo que se atribuye como propio de cada sexo.

Cuando una persona acepta sin vacilación los estereotipos de género tiene más probabilidades de posicionarse en una posición extrema al respecto, defendiendo posturas hipermasculinas e hiperfemeninas. En estos casos, es frecuente que se acepte que los hombres son violentos por naturaleza o que se justifiquen otros hechos como la infidelidad en un sexo mientras se castiga en el contrario. Las mujeres que aceptan los estereotipos femeninos en toda su amplitud -tan cercanos a la imagen de princesa de cuento de hadas en apuros- tienen mayores probabilidades de establecer relaciones abusivas con parejas dominantes, a quienes no percibirán como problemáticas, sino simplemente como masculinas. Por su parte, los hombres que aceptan abiertamente los estereotipos masculinos tenderán a comportarse de manera más brusca y violenta para expresar su virilidad.

Violencia

La integración de expectativas, roles y normas según el sexo se produce ya en los primeros años de vida, mediante procesos de imitación e identificación. Los principales agentes socializadores que influyen en la adquisición de estos estereotipos son la familia y la escuela, aunque no hay que subestimar el poder de los medios de comunicación de masas, sobre todo de la televisión y la publicidad, de ahí la importancia de velar por una comunicación no sexista y libre de mensajes machistas.

Generalmente, la diferencia de género empieza antes del nacimiento en función del sexo del bebé, lo que viene fuertemente influido por la publicidad y las opciones que brindan las tiendas especializadas en recién nacidos. Esto lleva a muchos padres a decorar la futura habitación de formas muy distintas: rosa y con juguetes que representan el ámbito doméstico (muñecas, cocinas, carritos…) o azul con juguetes profesionales o deportivos (coches, camiones, balones…).

Sandalias bebé

El comportamiento de los adultos, incluyendo a padres y profesores, también varía en función del sexo del niño. Pero no estoy diciendo nada nuevo, ¿verdad? Todos hemos visto a algún progenitor tratar a un hijo de manera más exigente que a una hija, a la que se tiende a proteger más desde la infancia. En la propia familia los más pequeños observan -esperemos que cada vez con menos frecuencia- como a sus hermanas se les permite llorar y a ellos no, al igual que ellas observan como sus hermanos quedan libres de participar en la mayoría de tareas domésticas.

En nuestras manos está terminar con la existencia de estos estereotipos. Aunque no podamos cambiar el mundo, sólo con que eduquemos a nuestros hijos e hijas, a nuestro alumnado, en la igualdad, estaremos rompiendo una cadena de injusticias y discriminaciones que afectan a ambos sexos aunque las mujeres nos llevemos la peor parte. Estaremos logrando un mundo mejor.

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Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.